miércoles, 10 de octubre de 2012

ISABEL LA CATÓLICA Y LA EVANGELIZACIÓN DE AMÉRICA


A Isabel la Católica, en cambio, no puede hacérsele el menor reparo; no se le puede dirigir la crítica más leve, porque todo lleva en ella, al menos en lo que se refiere a las proyecciones de su genio sobre el destino de América, la perfección propia de las cosas superiores.

Editó: Lic. Gabriel Pautasso

Por  Nicolás de Jesús López Rodríguez*

Como Arzobispo de la Arquidiócesis de Santo Domingo, Primada de América, me llena de satisfacción dirigirme a este ilustre auditorio y conversar con ustedes sobre la figura egregia de Isabel La Católica, tratando de hacer honor y justicia a la gran soberana.
La isla, llamada por el Almirante, al descubrirla, La Hispaniola (La Española), compartida hoy por la República de Haití, cuya capital es Puerto Príncipe, y por la República Dominicana, con Santo Domingo como capital, no sólo fue la tierra amada de Cristóbal Colón, donde según su testamento quería que descansasen sus restos mortales, sino que fue también la tierra de los amores y desvelos de Isabel la Católica desde su toma de posesión en 1474 hasta su muerte acaecida en 1504, cuando sólo unos pequeños puntos de la tierra firme habían sido descubiertos y no se había aún iniciado la conquista de los Imperios Maya, Azteca e Incaico.
Uno de los próceres de nuestra intelectualidad, a quien su protagonismo en la política nacional no le alejó del mundo de la Historia y de las Letras, no dudó en proclamar lo siguiente en la revelación de una estatua de Isabel la Católica en la ciudad de Santo Domingo: «Muchas figuras del Descubrimiento pueden ser analizadas en las apasionantes controversias de la crítica histórica, y no pocas de ellas pueden salir disminuidas en sus proporciones universales, pero la de Isabel la Católica, resplandeciente como la de una torre bruñida por el sol, [...] ancha y venerable como las llanuras de Castilla, se impone, sin discrepancia, a la reverencia unánime de las generaciones. [...] Sea cual sea la actitud de la crítica ante Isabel la Católica, lo cierto es que su figura es para América digna de los altares. La Soberana, en efecto, que armó en la Península el brazo de la Inquisición y que no se detuvo ante los extremos más temerarios de los antagonismos confesionales, veló constantemente en América por la suerte de la raza indígena y la evangelización de sus pueblos idólatras» (Dr. Joaquín Balaguer: Discursos, Temas Históricos y Literarios. Sto. Dgo., 1973).
La compleja aventura de España en América fue fruto de la evolución de un proyecto inicial muy simple de abrir una nueva ruta marítima a Oriente, al Paraíso de las «especias», perdiéndole miedo y respeto al Mare Tenebrosum.
Fue lo que Colón vendió a los Reyes Católicos y lo que los Reyes Católicos inicialmente patrocinaron. Sus muchas lecturas y elucubraciones llevaron al Almirante a concebir tal empresa.
Sin embargo, todo un continente desconocido le salió al encuentro. El creyó siempre que eran tierras adelantadas de la India, e Indias Occidentales fueron llamadas, e indios coherentemente sus habitantes.
A los doce años del descubrimiento, en 1504, Américo Vespucio, el florentino a las órdenes de la Corona de Castilla escribe una larga carta a su paisano Piero Sanderini y en ella le informa que se ha descubierto un nuevo mundo que no es Europa ni Asia ni África. Basado en este documento, Martín Waldseemüller publica una nueva Cosmografía y en ella llama a este nuevo Continente «Americi terra», es decir, Tierra de Américo o América. El nombre se populariza y el nuevo mundo descubierto empieza a llamarse «América».
El nombre, pues, de América se debe a Américo Vespucio y más directamente a Martín Waldseemüller, cosmógrafo alemán (¿1475-1521?). La población autóctona del Continente descubierto ignoró esos nombres y prefirió seguir llamándose multiformemente según la etnia a la que pertenecían los diversos grupos autóctonos.
En ese proyecto inicial colombino, aceptado y patrocinado por los Reyes Católicos, muy especialmente por la Reina Isabel, no es justo olvidar el famoso secreto de Colón.
De ese secreto escribe Fray Bartolomé de las Casas que estaba tan seguro como si debajo de llave en un arca lo tuviera. Tal secreto, sin duda revelado a Isabel la Católica, explica no sólo que el proyecto de Colón no era tan sencillo, sino la razón de su aceptación por parte de la Reina y los términos de las famosas Capitulaciones de Santa Fe.
Cuando, en efecto, uno repasa hoy las Capitulaciones de Santa Fe, la admiración es grande ante las exorbitantes demandas de Colón y su concesión por los Reyes Católicos.
Las increíbles concesiones de Santa Fe son:
1) otorgamiento del título de «Almirante sobre todas las Islas y tierras firmes» que «por su mano e industria se descubrieran o ganaran»;
2) otorgamiento del título de «Virrey y Gobernador General en las dichas Islas y tierras firmes», con la facultad de poder proponer en terna a los Reyes personas destinadas al gobierno de tales tierras. De los tres, los Reyes escogerían uno;
3) retención para sí (para Colón) de la décima parte de todo el oro, plata, perlas y gemas y demás mercancías producidas o adquiridas mediante el trueque o extraídas, dentro de los confines de aquellos dominios, libre de todo impuesto;
4) enjuiciamiento y fallo por él o por uno de sus representantes, en su calidad de Almirante, de cualquier controversia o pleito surgido en torno a esas mercancías o productos;
5) facultad de contribuir con la octava parte en la armazón de navíos que fueran a tratar o negociar a las tierras descubiertas. Recibiría a cambio una octava parte de las ganancias que se obtuvieren.
No contento con esto, días más tarde (el 30 de abril) los Reyes Católicos tuvieron que concederle que también el título de Virrey y Gobernador fuese vitalicio, hereditario y perpetuo, como el de Almirante, y que pudiese usar el tratamiento de «Don».
La deducción es obvia. Algo muy determinante debió mediar para que los Reyes Católicos pasasen tan rápidamente del rechazo absoluto del plan colombino a su aceptación; para que en las Capitulaciones se hablase claramente no de una simple ruta marítima nueva a la tierra de las especias, a la India, sino de Islas y tierras firmes, y se hablase de oro, plata, perlas, gemas y mercancías producidas; y para que le fuesen concedidas a Colón tan desmesurados premios y honores.
Ese algo no fue otro que la revelación a Isabel la Católica por parte de Colón de su secreto, celosamente guardado hasta ese momento. Ese secreto era la seguridad de que existían las tierras de las que él hablaba. Era segura la ruta y eran seguras las inmensas riquezas que estaba ofreciendo. Más que proponerle propiciar una aventura, lo que Colón estaba haciendo era «convidar» a la Corona de Castilla y a Aragón a participar en un fabuloso negocio. Esto supuesto se entiende perfectamente ahora una frase significativa en las Capitulaciones. Tal frase dice que los Reyes de Castilla y Aragón hacen todas esas concesiones «en alguna satisfacción de lo que él ha descubierto en los mares océanos y del viaje que agora, con ayuda de Dios ha de hacer en servicio de las Altezas».
Fray Bartolomé de las Casas apuntó sagazmente que Colón hablaba de aquellas tierras por descubrir como si hubiese estado en ellas. ¿Qué hay sobre todo esto? Entre 1480 y 1482 Colón vive en la Isla Madeira y sabemos por su hijo Hernando que la suegra de Colón le entregó unas escrituras y cartas de navegar que habían quedado de su marido, con lo cual el Almirante se acaloró más y se informó de otros viajes y navegaciones que hacían entonces los portugueses a la Mina y por la costa de Guinea y le gustaba tratar con los que navegaban a aquellas partes.
Alessandro Geraldini, primer Obispo que residió en la Sede de Santo Domingo, amigo íntimo y protector de Colón ante la Corte, de camino a Santo Domingo escribió una especie de diario de su viaje que intituló «Itinerario por las regiones subequinociales». En él escribe textualmente: Dicen que Colón había oído en Cluvio, ciudad de Galicia, que ciertos navegantes traídos y llevados de acá para allá largo tiempo por estos mares habían visto monstruos naturales y que cierta clase de hombres habían visto tierra por estas latitudes. Dicen también que algunos, zarandeados por una fuerte tempestad cerca de las Islas afortunadas habían visto árboles desconocidos y que habían dicho a Colón que cerca existían algunos pueblos.
Historiadores tan tempraneros del descubrimiento como Oviedo, Gómara, Garcilaso el Inca, Orellana y, sobre todo, Hernando Colón y Pedro Mártir de Anglería no dudan tampoco en admitir el predescubrimiento y de hablar de la historia del marino desconocido que había llegado ya a la Española.
Como es natural, el vivo y sagaz Colón, hecha la gesta de la navegación, tiene especial interés en no hablar de todo esto e insiste en sus documentos oficiales en la elección divina de su persona para tal proeza. Es llamativa su insistencia en esto y el modo místico de formularlo: «La Santísima Trinidad me puso en memoria y después llegó a perfecta inteligencia que podría navegar e ir a las Indias desde España, pasando el mar Océano a Poniente». «Un predestinado» es la imagen, tal vez no objetiva, pero, sí, la que él quería vender.
Verdadero o falso el secreto de Colón, la Reina Isabel asumió la empresa de Colón y, a pesar de las dificultades económicas por el alto costo de la conquista de Granada, la patrocinó. Ella fue la que, después del primer encuentro con el genovés en Alcalá de Henares en 1486, mantuvo vivas siempre sus esperanzas. Ella la que avisó al Duque de Medinaceli para que lo trajese a la Corte. Ella la que lo recibió en Jaén y le dio «esperanza cierta» de que estudiaría a fondo su proyecto. Ella la que ordenó a Quintanilla se ocupase del mantenimiento del genovés. Ella la que oyó al P. Juan Pérez y le pidió ordenase a Colón que no se fuese de España. Con esto quiero decir que Isabel asumió como propia la empresa de Colón con toda responsabilidad y que esto explica su fidelidad a esa responsabilidad. Jamás dimitió de ella no obstante la evolución que el proyecto inicial sufriría durante sus doce años y que dejaría su huella en la evolución posterior en tierra firme bajo Carlos V, Felipe II y Felipe III.
Un proyecto inicial de exploración, se tornó un proyecto de «población» y de evangelización; y un proyecto de población y evangelización se convirtió en un proyecto complejísimo y vasto de conquista y sujeción y de forzada inculturación. A Isabel la Católica le tocó el proyecto de la exploración y el proyecto de población y evangelización de 1492 a 1504, año de su muerte. Nada de lo que sucedió después le incumbe. Y todo lo que sucedió antes le honra y enaltece.
Hay que resaltar que en la triple dimensión del proyecto americano bajo la Reina Isabel la Católica, que incluía la anexión, población y evangelización de las islas y tierras firmes descubiertas, la evangelización fue dimensión medular de su proyecto político. Sorprende en todas sus cédulas reales la insistencia en este punto.
Pero no fueron sólo palabras y buenos sentimientos. Fueron ante todo hechos. Al fin, el 3 de agosto de 1492 las tres naves exploratorias (dos carabelas y una nao) la Niña, la Pinta y la Santa María se hacían a la mar y comenzaba el sueño de Colón. El Almirante apuntó en su Diario: Partimos viernes, tres días de agosto de mil cuatrocientos noventa y dos años, de la barra de Saltes a las ocho horas. Anduvimos con fuerte virazón hasta el poner del sol hacia el sur sesenta millas que son quince leguas; después al sudueste y al sur, cuarta del sudueste; que era el camino para las Canarias. Siete meses después, el 15 de marzo de 1493, la Pinta y la Niña cruzaban de vuelta la barra de Saltes en Palos. De allí habían salido y allá debían volver. La Santa María había encallado en la última isla descubierta (Haití la llamaban sus pobladores y él la había llamado La Hispaniola) y con su maderamen había construido un Fuerte dejando en él 39 hombres a las órdenes de Diego de Arana, Pedro Gutiérrez y Rodrigo de Escobedo.
El primer encuentro con los Taínos había sido extraordinariamente pacífico y amistoso. Los cuarenta llevados por Colón para mostrarlos en la Corte fueron recibidos y tratados con toda clase de honores. Los informes del Almirante a los Reyes fueron optimistas e ingenuos. Poeta e imaginativo, creyó e informó que había encontrado el Paraíso. Mejores seres humanos no podían darse sobre la tierra.
En un prólogo brillante al Diario de Colón, el Dr. Gregorio Marañón escribe: En aquel primer viaje al Paraíso, Colón y sus tripulantes no encontraron ni animal ni hombres dañinos. No vieron fieras. Las sierpes que les salieron al paso se dejaron fácilmente cazar. No ladraban los perros. El Diario lo repite con justificada extrañeza. Y los hombres, que siempre son los peores, eran allí dulces, tímidos, hermosos y tan honestos que el Almirante certificaba a los Reyes Católicos que «en ninguna parte de Castilla hay tanta seguridad; y todo se puede dejar sin temor a que falte una aguja».
La segunda fase del proyecto isabelino y colombino se imponía y era sencilla y lógica: seguir descubriendo y anexionar aquellas tierras como reinos de ultramar, teniendo a sus gentes como súbditas en paridad de derechos con sus vasallos castellanos. Expandirse pacífica o bélicamente era ilusión y obsesión de todos los Reyes en ese tiempo. Evidentemente que razones económicas también pesaban, dado que las arcas de la Corona de Castilla no andaban sobradas y que, de acuerdo a Colón, el oro abundaba en las nuevas tierras descubiertas y su suelo exuberante y mágico era capaz de producir todo.
Pero esto no bastaba, careciendo aquellas gentes de la fe católica, para Isabel la Católica (y así se lo subrayó una y otra vez a Colón) el objetivo primordial de la presencia de España en el nuevo mundo descubierto debía ser llevarles el Evangelio y hacerlas cristianas. Objetivo que en su mentalidad –mentalidad de la época visceralmente antisecularista y antilaicista– era ya suficiente, él solo, para justificar la ocupación.
Mientras, con la anuencia y bendición de los Reyes Católicos, Colón se empleaba en preparar la segunda expedición, que zarparía de Cádiz el 25 de septiembre de 1493. Los Reyes, la Reina Isabel, en una Cédula Real, fechada en Barcelona el 29 de mayo, le decía, muy de acuerdo con su fe, al Almirante que, deseando el aumento y acrecentamiento de la fe católica, le mandaban y encargaban que, por todas las vías y maneras posibles, procurase y trabajase por atraer a los moradores de aquellas islas a la fe católica y, para dar impulso eficaz a la evangelización, enviaba con él al docto Fray Bernardo Boyl, ermitaño de Montserrat, que habría de efectuar la instrucción religiosa de los nativos, y le recomendaban que todos habrían de tratar amorosamente a los indígenas y promover el contacto y familiaridad mutua entre españoles y nativos, y que contra los que estorbasen esa amigable concordia el Almirante se habría de mostrar severo en el castigo.
Por las diligencias de Juan Fonseca, «varón de noble alcurnia, Deán de Sevilla, de gran ingenio y corazón», como dice Pedro de Anglería (Década I, Cáp. V, Pág. 10), diez y siete naves (tres carracas, dos naos de porte mayor y 12 carabelas) –una escuadra de lujo– esperaban la salida del puerto de Cádiz rumbo a la Española desde los primeros días de septiembre. El 25 sería la partida. Unos 1.200 hombres se embarcarían.
Gracias a las instancias e insistencia de Isabel la Católica, entre esos hombres sobresalían doce misioneros a las órdenes de un Delegado Apostólico, Fray Bernardo Boyl. Esos misioneros eran: Fray Juan Infante, mercedario; Fray Juan Solórzano, mercedario; Fray Ramos, trinitario; Fray Juan Pérez, franciscano; Fray Rodrigo, franciscano; Fray Alonso, franciscano; Fray Juan el Bermejo, franciscano; Fray Juan Tisín, franciscano; Fray Jorge, comendador de la Orden de Santiago; Pedro Arenas, el abad de Lucena y Fray Ramón Pané, ermitaño jerónimo. Los doce asistirían el 6 de enero del año 1494 a aquella primera misa en el nuevo mundo que celebraría el Delegado apostólico en el primer asentamiento oficial llamado significativamente La Isabela.
De aquella primera misa quedó una reliquia venerada por mucho tiempo. Esa reliquia fueron los ornamentos sagrados que vistió el celebrante. Eran un regalo de la Reina Católica que ella misma escogió de los que había en su capilla real. Da fe de ello, con emoción no disimulada, Fray Bartolomé de las Casas, quien escribió: Los Reyes mandaron proveer de ornamentos para las Iglesias, de carmesí, muy ricos. Mayormente la Reina Isabel que dio entonces uno de su capilla, que yo vi y duró muchos años, muy viejo que no se mudaba o renovaba, por tenerlo casi como reliquia, por ser el primero y haberlo dado la Reina, hasta que de viejo no se pudo sostener más (Tomo I, Cap. LXXXI).
Como regalo también de los Reyes Católicos, conservamos hasta el día de hoy la pintura al óleo de la Virgen de la Antigua en la Catedral Primada de América y la estatua de Nuestra Señora de la Merced, patrona nacional, en el Santuario de su nombre en la ciudad de Santo Domingo.
Junto al grupo de misioneros, el grueso de la expedición era de pobladores: oficiales de Estado, labradores, mercaderes, artesanos y apenas soldados y capitanes. Las bodegas de los navíos iban atestadas de aperos, simientes, plantas y animales. Una orden curiosa y significativa de la mentalidad de la Reina le había sido dada por ella a Colón. Una orden, por otro lado, muy firme e irrevocable. Colón debía llevar consigo de vuelta a la Española todos los indios traídos en cautiverio y debía devolverles su plena libertad, y como ejemplo a seguir, la Reina misma envió a Cádiz los que el Almirante había dejado a los Reyes en Barcelona. Con tal orden estaba dicho todo.
Entre los expedicionarios estaba en primer lugar Diego Colón, el menor de los Colones, que eran tres: Cristóbal, Bartolomé y él. Estaban también Antonio Torres, hombre muy encumbrado en la Corte; Álvaro de Acosta, alguacil Mayor de la Armada; Bernal Díaz de Piza, contador; Sebastián Olano, tesorero; Francisco Peñaloso, criado fiel de la Reina Isabel; Juan de la Cosa, Piloto Mayor de la Casa de la Contratación; Diego Álvarez Chanca, doctor astrólogo y físico; Juan Ponce de León, caballero de blasón y renta; Pedro de Margarit, caballero catalán; y Pedro de las Casas, padre de Fray Bartolomé.
Ninguno de los que se embarcaron pensaba en enfrentamientos ásperos. Nadie tenía idea de lo que supone siempre el choque de culturas diferentes y ancestrales y de las consecuencias que acarrea la subordinación de una cultura a otra. La mayoría soñaba con una convivencia idílica y fraternal, en la que, por supuesto, ellos serían la parte noble e hidalga. La sociedad de la que procedían era profundamente clasista. A Colón no escapó en su primer viaje explorador que la población taína era una sociedad amenazada por la crueldad de los indios caribes. Crueldad agresiva e invasora que los mantenía temerosos y alerta. Los españoles serían los aliados de los taínos y su presencia les traería seguridad, protección y paz.
El viaje de aquella expedición fue un paseo marítimo. Los problemas, sin embargo, surgieron nada más tocar tierra. Del grupo de españoles dejados en el Fuerte de la Navidad ni uno solo estaba vivo. Habían surgido, primero, conflictos entre ellos mismos y después con los nativos. El resultado había sido la muerte de todos. Le costó bastante a Colón y a los suyos saber la verdad completa, pero, una vez sabida, el cambio de opinión sobre los pobladores de la Española fue radical.
El tiempo y la realidad hiriente fueron agravando la situación. Colón había hablado de unos pobladores paradisíacos de las islas, nobles, ingenuos, amigables y bondadosos. Había ponderado el clima, «primavera continua» y había informado sobre montañas de oro, oro tan necesario para las arcas exhaustas de la Corte y tan codiciado por todos.
La realidad era muy distinta. Los indígenas eran astutos, hábiles y aguerridos y se mostraban reacios a la ocupación. El clima era devastador: no pocos habían muerto y una buena parte estaba enferma. Para colmo de males el oro no aparecía, al menos en las cantidades proclamadas y no era de fácil extracción.
A todo esto se fue añadiendo la torpeza gubernativa del Almirante y los suyos. Dios no le había dado al genovés el don de mando. Era demasiado soñador y temperamental para ser buen gobernador. No era por otro lado vertical sino errático: débil cuando debía ser fuerte y despóticamente fuerte cuando había que ser hábil. Favorecedor injusto de sus amigos y tirano implacable con los que se le oponían. A nativos y españoles irritó que pusiese a trabajar obligatoriamente a ambos grupos. El Delegado Apostólico Boyl había tenido que enfrentársele con toda su autoridad ante los castigos que quería imponer e imponía a díscolos y rebeldes. Es interesante que uno de los misioneros escribiese a la Reina calificando el gobierno de Colón como faraónico y suplicase que no regresase el Almirante a la Isla si sus Altezas querían servir a Nuestro Señor y que la conversión de las ánimas se hiciese.
Para colmo de males, a Colón se le ocurrió una desgraciada iniciativa que disgustaría altamente a Isabel la Católica. Esa iniciativa era enviar, a falta de oro y valiosas especias, remesas de esclavos. Ni corto ni perezoso, embarcó en 1495 para España 500 indios esclavos para ser vendidos en Andalucía. Es justo consignar que las costumbres de la época admitían que Reyes y Papas se regalasen y usasen esclavos y que eran tenidos por esclavos legítimos aquellos que fuesen hechos prisioneros en guerra. Había surgido ya en el siglo XIII la Orden Religiosa de la Merced, cuyo carisma era la redención de cautivos.
La reacción de Isabel la Católica –escribe Fray Bartolomé de las Casas– fue de gran enojo. Muy dolida exclamó que quién era Don Cristóbal Colón para hacer esclavos a quienes eran sus vasallos y ordenó a Fonseca que hiciese suspender inmediatamente toda venta de esclavos.
No se contentó con esto. Y, dado que los esclavos vendidos por Colón pertenecían en derecho a sus poseedores que habían pagado un precio ante escribano público que autorizó el contrato de compraventa, designó una persona de su máxima confianza, Don Pedro de Torres, para que en el plazo de tiempo más corto posible, fuese recogiendo, uno a uno, a todos los indios vendidos pagando por ellos el precio justo a sus poseedores. Una vez recogidos y concentrados como hombres libres en Sevilla, los embarcó en carabelas fletadas con este fin y los devolvió sanos y salvos a su tierra de origen. Al mismo tiempo cursó una orden tajante a Colón: «En adelante jamás habréis de traer más esclavos».
Isabel la Católica, con esta su actitud, se convertía así en una auténtica Pionera de los Derechos Humanos. «Los mismos Dominicos, recién llegados a Santo Domingo (1510) levantaron su más enérgica protesta contra quienes maltrataban o maltratasen a los aborígenes» (21 Diciembre 1511).
Rafael Altamira, en nuestros días, aludiendo a estos hechos no ha dudado en escribir: Fecha memorable para el mundo entero porque señala el primer reconocimiento del respeto debido a la dignidad y libertad de todos los hombres por incultos y primitivos que sean; principio que, hasta entonces, no se había practicado en ningún país.
Resueltos, al fin, a poner orden en la Española, en marzo de 1499 los Reyes Católicos envían a Santo Domingo al duro Francisco de Bobadilla, Comendador de Calatrava, con toda la autoridad real para abrir una investigación de la rebelión contra Colón. Al embarcarse le añaden el cargo de Gobernador de la Española.
Al publicarse en Santo Domingo el nombramiento de Bobadilla, llueven las acusaciones contra los Colones, y, hecho el debido expediente por orden de Isabel la Católica, carga de cadenas a los tres Colones, Cristóbal, Bartolomé y Diego, y los remite así a la Corte de Castilla.
Reo y encadenado llegó Colón a Cádiz el 20 de noviembre. Era muy Reina Isabel la Católica para no saber acoger a Colón. Mandó quitarle los grillos, darle mil ducados y que la fuese a visitar inmediatamente. El 17 de diciembre lo recibió, lo escuchó y le comunicó que Bobadilla había sido depuesto, que el nuevo Gobernador era Fray Nicolás de Ovando de la Orden de Alcántara y Comendador de Lares, hombre firme y de honestidad a toda prueba y que respecto a él –Colón– seguían en pie sus prerrogativas pero que por ahora le estaba prohibido ir a la Española. No era la Reina mujer de debilidades.
A punto de salir para Santo Domingo Fray Nicolás de Ovando en 1502, la Reina le instruye severamente que su misión es implantar un régimen que hoy llamaríamos de defensa de los derechos humanos de los indígenas. En sucesivas instrucciones, como dijimos, le hablaría de formación de poblados indios con su gobierno, de levantar Iglesias, escuelas, casas-habitación, hospital para los pobres, de promover el matrimonio canónico de los convertidos, de remunerar el trabajo, de reprimir excesos y de castigar a los infractores.
Como complemento del respeto de los derechos fundamentales del ser humano, la Reina ordena a Ovando que a la sombra de cada convento exista una escuela para enseñar e instruir a los indígenas. En 1502 sabemos que los Franciscanos, recién llegados a la Española, tenían ya abierta y funcionando una de estas escuelas y, dado su éxito, en 1503 Ovando recibía una real orden de la Reina de construir en cada pueblo que se funde, junto a la Iglesia, una casa para que allí el capellán les muestre a los indígenas a leer y escribir e santiguarse. El indomable Enriquillo, que se rebeló contra los abusos de los españoles, estudió con los franciscanos y sorprendería a Carlos por su manejo de la lengua de Castilla.
La eficaz iniciativa de la Reina terminó siendo un modelo y sistema. Todas las Órdenes religiosas venidas a América lo emplearon. Hubo en adelante tres tipos de escuelas: primarias, secundarias y técnicas.
Lo pasmoso es que lo que se hacía en América no estaba vigente aún en España. La primera legislación en España, obligando a que los niños pobres tengan escuela, es del siglo XVIII. Es interesante –por otro lado– que la enseñanza se impartiese muy pronto en español y en la lengua autóctona.
La instrucción, desde el primer momento, no se limitó a la enseñanza primaria y a escuelas de artes y oficios, sino que incluyó la Universidad. España vivía en el siglo XVI el esplendor de la Universidad de Salamanca y de la de Alcalá. Seis Universidades se crearían durante el siglo XVI, dos de ellas en Santo Domingo, y trece durante el siglo XVII en otras partes de América.
De ponerle hoy una etiqueta moderna al quehacer político y económico de Isabel la Católica en la aventura americana de España hasta su muerte, ésta sería la de «humanista integral» por su seria preocupación por el ser humano. Un humanismo que exigía que el mundo económico y político estuviese subordinado al ser humano y no viceversa. Es uno de sus mayores timbres de honor y gloria.
Respecto a la evangelización en La Española, en vida de ella se comenzó ya la construcción del Convento y Templo de los franciscanos y del Hospital de San Nicolás y, poco a poco, de acuerdo a su mente y directrices, en el reducido espacio de nuestra ciudad colonial fueron construidos diecinueve templos y capillas que son hoy orgullo nuestro: la Iglesia Catedral; Iglesia Parroquial de Santa Bárbara; Conventual del Patriarca Santo Domingo; Conventual de la Madre de Dios, Nuestra Señora de las Mercedes con imagen regalada por la Reina Isabel la Católica; San Andrés, Iglesia del Hospital de San Andrés; Iglesia de Jesús (hoy Panteón Nacional); Nuestra Señora del Carmen, capilla de Confradía; San Miguel Arcángel; San Nicolás de Bari; Nuestra Señora de la Concepción; Nuestra Señora de los Remedios; Conventual de Santa Ana; Conventual de Regina Angelorum; Conventual del Patriarca San Francisco; San Antonio Abad, ermita pública; Capilla pública de la Venerable Orden Tercera de San Francisco, anexa a la Iglesia conventual; y la capilla de Nuestra Señora de los Dolores de la Confradía «Escuela de Cristo», anexa a la conventual de la Madre de Dios, Nuestra Señora de las Mercedes.
Puede decirse que un siglo antes de la Reforma Tridentina Isabel la Católica se propuso y logró la reforma del Clero y órdenes religiosas en España que sería clave para la evangelización del Continente Americano.
Tuvo la suerte de contar para ello con el austero Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, confesor y director espiritual suyo. En él vio el hombre providencial que buscaba para iniciar en España la reforma. Obtenido el debido permiso del Papa Alejandro VI, le encomendó el empeño: No le tembló el pulso a Cisneros, que inició con fortaleza su obra clausurando monasterios y expulsando a contumaces.
Muy consecuente con este proyecto y queriendo la mejor evangelización para el nuevo mundo descubierto, Isabel la Católica sólo permitió ir a América a evangelizar a las Órdenes Reformadas: franciscanos, dominicos, mercedarios y agustinos. Y aun para estos requirió cuidadosa selección. Debían ser jóvenes pero no en demasía, dada la dureza de vida que les esperaba. Debían tener años de vida religiosa, para que hubiera constancia de su virtud, y debían poseer suficiente preparación intelectual.
Las primeras expediciones de religiosos misioneros fueron de lujo. Todavía en vida de ella en 1500 con el Comendador Francisco de Bobadilla llegarían los primeros cinco franciscanos a la Hispaniola e inmediatamente se adentrarían en la Isla a evangelizar. Poco después, en 1502, desembarcarían con el Gobernador Nicolás de Ovando otros 12 franciscanos más y, a poco de morir la Reina, quedaría constituida ya la «Provincia franciscana de la Santa Cruz de las Indias».
En 1510 llegarían por fin los dominicos y los mercedarios. Ambos comenzaron a gestar, en vida de la Reina Isabel, su participación en la evangelización de los nuevos territorios descubiertos.
A lo largo del siglo XVI, serían 214 las expediciones sólo de los franciscanos hacia las Indias occidentales. Es interesante el espíritu que animó a franciscanos y dominicos, como reformados ya.
América recién estrenada se les antojó tierra fértil para la fe: para vivirla radicalmente como religiosos y para expandirla. Era allí, sin rémoras paralizantes y sin condicionamientos inveterados, donde se podía re-estrenar el carisma primigenio y realizar egregiamente la reforma anhelada y abrazada.
Uno lee con asombro hoy lo que el cronista conventual de la Hispaniola escribe de esos primeros tiempos. «Vístense los frailes de una jerga muy gruesa. Es el sayal muy tosco y las ropas cortas y angostas, por el orden que nuestras Constituciones mandan. Ningún fraile tiene más que un solo vestido. No se recompensa con el regalo de las celdas el rigor de los vestidos porque en la cama no se usa más de una estera de indias hecha de juncia seca que los indios llaman petal. La colación de los días de ayuno (que son siete meses al año sin todos los viernes de él) es con solo un pedazo de pan, por que no haga mal el agua. Y los días de ayuno de la Iglesia no hay más regalo en la mesa que un jarro de agua que de ordinario está bien fría, sin pedazo de pan ni otra cosa alguna».
Del Primer Capítulo de los dominicos celebrado en 1511 escribe Fray Bartolomé de las Casas: «Acordaron de consentimiento de todos, con toda buena voluntad, añadir ciertas ordenaciones y reglas sobre las viejas Constituciones de la Orden (que no hace poco quien las guarda) para vivir con más rigor. Por manera que ocupados en guardar las nuevas y añadidas reglas estuviesen ciertos que las Constituciones antiguas, que los Santos Padres de la Orden ordenaron, estaban inviolablemente en su fuerza y vigor. Y de una, entre otras, me acuerdo que determinaron que no se pidiese limosna de pan ni de vino ni de aceite cuando estuviesen sanos: pero si, sin pedirlo se lo enviasen, que lo comiesen, haciendo gracias a Dios. Para los enfermos podíase por la ciudad pedir. Ordenaron que cada domingo y fiestas de guardar, después de comer, predicase a los indios un religioso, como el siervo de Dios Fray Pedro de Córdova en la Iglesia de la Vega había principiado; y a mí, que esto escribo, me cupó algún tiempo este cuidado. Y así era ordinario henchirse los domingos y las fiestas de los indios de los que en casa de los españoles servían, lo que nunca en los tiempos de antes habían visto».
Con su mente clara de eximia soberana, una de las obsesiones de la Reina en la evangelización de las nuevas islas y tierras descubiertas fue la de establecer firme y oficialmente la Iglesia y así tenemos que muy satisfechos de cómo procedían las cosas en la Española, Fernando e Isabel no dudaron en 1503 en solicitar del Papa la erección de tres Diócesis en la Isla.
El 15 de noviembre de 1504 firmaba el Sumo Pontífice la Bula Illius fulciti praesidio, en virtud de la cual quedaban erigidas la Arquidiócesis de Yaguate, in qua est portus Sancti Dominici, y las Diócesis de Maguá y Bainoa.
En la Bula nada se decía explícitamente del derecho del Patronato Real, vigente en España sobre ellas, y no le gustó al Rey Fernando.
La Reina estaba muy grave y moriría el 26 de noviembre. Con un poco de retraso por esa muerte y por los enredos internos de la Corte, que subsiguieron, el Rey Fernando hizo saber a Roma: «Yo mandé ver las bulas que se expidieron para la creación y provisión de arzobispado y obispados de la Española, en las cuales no se nos concede el Patronazgo de los dichos arzobispados y obispados ni de las dignidades y canonjías, raciones y beneficios con cura y sin cura que en la dicha Isla Española se han de erigir. Es menester que Su Santidad conceda el dicho patronazgo de todos ellos perpetuamente a mí y a los reyes que en estos reinos de Castilla y León sucedieren ya que en las dichas bulas no ha sido hecha mención de ello como se hizo en las del Reino de Granada».
El Papa accedió a los reclamos del Rey y en 1511 firmaba la Bula Romanus Pontifex en la que, modificando la anterior, erigía solamente dos diócesis en la Española –la de Santo Domingo y la de la Vega– y una en Puerto Rico, estableciendo además que las tres fuesen sufragáneas de la Arquidiócesis de Sevilla.
En su Brevísima relación de la destrucción de las Indias escribe Fray Bartolomé de las Casas: «Y es de notar que la perdición de estas Islas y tierras se comenzaron a perder y destruir desde que allá se supo la muerte de la serenísima Reina, Doña Isabel. Porque la Reina, que haya santa gloria, tenía grandísimo cuidado e admirable celo a la salvación y prosperidad de aquellas gentes, como sabemos los que lo vimos y palpamos con nuestros ojos e manos los ejemplos desto».
Es evidente que ese celo apostólico de la Reina Isabel, manifiesto y claro en querer «traer y convertir a la Santa Fe Católica a todos los pueblos de las Islas y tierras recientemente descubiertas y por descubrir», procedía de su fe, una fe que era no solamente honda y sentida, sino ilustrada y vivida.
Subrayamos lo de «ilustrada». Recién estrenada la imprenta, sorprende la magnífica biblioteca personal de Isabel la Católica. Gracias al inventario hecho por Francisco Javier Sánchez Cantón sabemos que entre manuscritos e impresos poseía unos cuatrocientos títulos. No faltaban tratados filosóficos y políticos y obras de literatura, de historia, ética y música, pero predominaban los libros de religión: múltiples ejemplares de las Sagradas Escrituras y exposiciones y comentarios de las mismas, colecciones de los Santos Padres, Vidas de Santos, tratados de Moral, de derecho canónico, Meditaciones, la Vita Christi de Ludolfo de Sajonia, el cartujano, libros de Liturgia y diversos libros del oficio divino que rezaba diariamente. Los libros de religión eran su delicia.
Su fe la vivió, por otro lado, intensamente, dando importancia especial a la vivencia del año cristiano, siguiendo el calendario litúrgico. Celebraba con devoción los tiempos fuertes: el Adviento, la Navidad, la Cuaresma, la Pascua de Resurrección y Pentecostés. Fueron siempre fiestas preferidas de ella la Navidad, Año Nuevo, Reyes, San Sebastián, la Virgen de marzo y San Jorge, patrono de los Reinos de Aragón. En éstas repartía cuantiosas sumas de limosnas.
Jamás escatimó gastos para el esplendor de su Capilla real –famosa en las cortes europeas– y para la magnificencia del culto. Marini la calificó de «activa y dispendiosa» en esto y escribió: «Tenía gran número de sacerdotes, elegidos entre los más distinguidos por su ciencia sagrada y por su cuidadosa celebración de los actos de culto; también cantores y niños para el servicio de la capilla con profesores competentes para su educación. Imposible contar los gastos que hacía en ornamentos sagrados y necesidades de cultos».
Le hirió siempre la situación de los pobres y la conculcación de los derechos fundamentales del ser humano, y se convirtió así en una adalid de esos derechos y en una protectora de los pobres. Eran tantas las limosnas que oculta o públicamente distribuía que para mayor eficiencia y funcionalidad de su largueza creó oficialmente el cargo de Limosnero Mayor de su Alteza.
De acuerdo a todo esto, en sus doce años de soberanía sobre las Islas descubiertas, sobre la Hispaniola, nada permitió que fuese contra la dignidad humana de sus nuevos súbditos. Su gran preocupación era el imperio de la justicia, el respeto a los derechos fundamentales del ser humano, la igualdad de derechos sociales con sus súbditos de España, su promoción humana y su evangelización. Todo ello perfectamente de acuerdo con su espíritu insobornablemente justiciero, su hondo humanismo, su elevación de miras y su maciza espiritualidad fundamentada en una fe madura y sentida.
Con la sinceridad que produce la proximidad cierta de la muerte, escribe así en su Testamento: «Por cuanto al tiempo que nos fueron concedidas por la Santa Sede Apostólica las Islas y tierras firmes del mar océano descubiertas y por descubrir, nuestra principal intención fue (al tiempo que lo suplicamos al Papa Alejandro VI de buena memoria que nos hizo la dicha concesión), de procurar inducir y traer los pueblos dellas a los convertir a nuestra Santa Fe Católica, y enviar a las dichas islas e tierras del mar océano, prelados e religiosos e clérigos e otras personas doctas e temerosas de Dios para instruir a los vecinos y moradores de ellos en la fe Católica e les enseñen, e dotar, doctrinar buenas costumbres y poner en ello la diligencia debida, según como más largamente en las letras de la dicha concesión se contiene. Por ende suplico al Rey, mi Señor, muy afectuosamente, e encargo y mando a la dicha Princesa e al dicho Príncipe, su marido, que así lo hagan e cumplan e que éste sea su principal fin e que en ello pongan mucha diligencia e no consientan ni den lugar que los indios y moradores de las dichas islas e tierras firmes ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas e bienes, mas mando que sean bien e justamente tratados. Y si algún agravio han recibido, lo remedien e provean, por manera que no exceda cosa alguna de lo que por las letras apostólicas de la dicha concesión nos es inyungido y mandado». Ante esto nada más ajeno a la verdad que la afirmación que Isabel la Católica instrumentó la propagación de la fe para legitimar la ocupación de las nuevas Islas y tierra firme descubiertas, y obtener del Papa esta concesión. La raíz profunda de su empeño sostenido de traer a sus nuevos súbditos a Dios y a la Iglesia no fue otra que su fe cristiana sentida, cultivada y vivida.
Puede asegurarse que durante su soberanía sobre las Antillas, todas las Cédulas Reales respondieron a los planteamientos hechos, al morir, en su Testamento. Es más, la voluntad evangelizadora de la Reina y su fundamentación teológica, tan explícita y urgida en el Testamento, marcó toda la legislación posterior.
En 1681 Carlos II publicaba en cuatro tomos una Recopilación de las leyes de los Reinos de las Indias. Dicha obra comienza con una profesión de fe de fuertes resonancias isabelinas, eco de lo que pretendió y dejó consignado en su Testamento. Esa profesión de fe dice así: «Dios Nuestro Señor por su infinita misericordia y bondad, se ha servido de darnos sin merecimientos nuestros tan gran parte en el Señorío de este mundo, que demás de juntar en nuestra Real persona muchos y grandes Reinos, que nuestros gloriosos progenitores tuvieron, siendo cada uno por si poderoso Rey y Señor, ha dilatado nuestra Real Corona en grandes Provincias y tierras por Nos descubiertas y señoreadas hacia las partes del Mediodía y Poniente de estos nuestros Reinos. Y teniéndonos por más obligado que otro ningún príncipe del mundo a procurar su servicio y la gloria de su Santo Nombre y emplear todas las fuerzas y poder, que nos ha dado, en trabajar que sea conocido y adorado en todo el mundo como verdadero Dios, como lo es, y Criador de todo lo visible e invisible. Y deseando esta gloria de nuestro Dios y Señor, felizmente hemos conseguido traer al gremio de la Santa Iglesia Católica Romana las innumerables Gentes y Naciones que habitan las Indias Occidentales, Islas y tierra firme del Mar Océano y otras partes sujetas a nuestro Dominio. Y para que todos universalmente gocen el admirable beneficio de la Redención por la sangre de Cristo Nuestro Señor, rogamos y encargamos a los naturales de nuestras Indias, que no hubieren recibido la Santa fe, pues nuestro fin en prevenir y enviarles Maestros y Predicadores es el provecho de su conversión y salvación, que los reciban y oigan benignamente y den entero crédito a su doctrina. Y mandamos a los naturales y españoles y otros cualesquier cristianos de diferentes Provincias o Naciones, estantes o habitantes en los dichos nuestros Reinos y Señoríos, Islas y Tierra firme, que regenerados por el Santo Sacramento del bautismo hubieren recibido la Santa Fe, que firmemente crean y simplemente confiesen el misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero, los artículos de la Santa Fe y todo lo que tiene, enseña y predica la Santa Madre Iglesia Católica Romana» (Carlos II, Recopilación de leyes de los Reinos de las Indias. Madrid 1681, Lib. 1, tít. 1).
Argumento y prueba de su sólida y sentida espiritualidad cristiana, de donde fluyó esa actitud eminentemente cristiana y humanísima respecto a los pobladores de las Islas descubiertas, es el largo y estremecedor testimonio de su fe en el testamento. Uno no sabe qué admirar más en él, si su piedad sincera o su tino y hondura teológica, cristológica. Dice así ese testimonio: «Primeramente encomiendo mi espíritu en las manos de nuestro Señor Jesucristo, el cual de la nada me crió e por su preciosísima sangre lo redimió, e, puesto por mí en la cruz el suyo, encomendó en manos de su Eterno Padre, al cual confieso e cognosco que me debo toda por los muchos e inmensos beneficios generales que a todo el linaje humano e a mí como un pequeño individuo de él ha hecho; e por los muchos e singulares beneficios particulares, que yo, indigna e pecadora, de su infinita bondad e inefable largueza, por muchas maneras, en todo tiempo he recibido e cada día recibo, los cuales sé que no basta mi lengua para contar ni mi flaca fuerza para los agradecer, ni aun como el menor de ellos merece. Mas, suplico a su Infinita Piedad que quiera recibir mi confesión de ellos e la buena voluntad e por aquellas entrañas de su misericordia, en que nos visitó naciendo de lo alto e por su muy santa Encarnación, Natividad e Pasión e Muerte e Resurrección e Ascensión e Advenimiento del Espíritu Santo Paráclito e por todos los otros sus muy santos misterios le plega no entrar en juicio con su sierva, mas haga conmigo según aquella grande misericordia e ponga su Muerte e Pasión entre su juicio e mi ánima: e si ninguno ante El se puede justificar, cuánto menos los que de grandes reinos e estados avemos de dar cuenta; e intervengan por mí ante su clemencia los muy excelsos méritos de su muy gloriosa Madre e de los otros santos e santas, mis devotos e abogados, especialmente mis devotos e especiales patronos y abogados santos arriba nombrados con el susodicho bienaventurado Príncipe de la Caballería angelical, el Arcángel San Miguel, el cual quiera mi ánima recibir e amparar e defender de aquella bestia cruel e antigua serpiente que entonces me querrá tragar, e no la deje hasta que por la misericordia de nuestro Señor sea colocada en aquella gloria para que fue criada».
Abrimos nuestra conferencia con una cita de un ilustre intelectual dominicano de nuestros días, el Dr. Joaquín Balaguer. Con otra del mismo autor la vamos a cerrar:
«En la empresa de Colón hay puntos débiles por donde se ha filtrado a menudo la malicia y la animadversión de los historiadores, para muchos de los cuales no han pasado inadvertidas ciertas flaquezas propias de aquel explorador inigualable, y en las hazañas, aun en las más grandiosas, de los héroes que participaron en la conquista de América, asoma con frecuencia alguna sombra que empaña la luz que resplandece sobre la frente de esos semidioses, dignos todos de la epopeya.
»A este capitán, bardado de bronce desde los pies a la cabeza, se le puede hacer el cargo de haber violentado, con los hierros de la venganza o con los de la codicia, las puertas de la gloria. A aquel otro, en cuya espada parece hallarse suspendido el rayo de Júpiter, se le podría tildar de haber hecho recaer con rigor excesivo las terribles necesidades de la conquista sobre las tribus sojuzgadas. Y a aquel, de perfil rampante, para quien no existió obstáculo capaz de detener los bríos de su caballo, se le podría acusar de haber traído a América, junto con el ideal heroico de su raza, el fermento de indisciplina o de anarquía que ha persistido después en nuestros pueblos y malogrado muchas veces en ellos el equilibrio democrático y el progreso de las Instituciones.
»A Isabel la Católica, en cambio, no puede hacérsele el menor reparo; no se le puede dirigir la crítica más leve, porque todo lleva en ella, al menos en lo que se refiere a las proyecciones de su genio sobre el destino de América, la perfección propia de las cosas superiores.
»Todo americano tiene que ponerse espiritualmente de rodillas para pronunciar el nombre de esta reina excelsa, que fue para los indios, en los días críticos de la conquista, una especie de divinidad bienhechora» (Ibidem Págs. 8 y 9).
He dicho.



* Nicolás de Jesús López Rodríguez es Arzobispo de la Arquidiócesis de Santo Domingo, Primada de América. Conferencia pronunciada el 17 de noviembre de 2006.
 *DIARIO PAMPERO CORDUBENSIS Nº 116
Mayo 2008. Córdoba de la Nueva Andalucía y del Tucumán, a 12 de octubre del Año del Señor de 2012. Fiesta de SAN WILFREDO, Obispo y Confesor: “Trabaja como buen soldado de JESUCRISTO; el que se ha alistado al servicio de Dios, no se embaraza en los negocios seculares. (2 TIM. 2-3-4), ¡VIVA LA PATRIA! ¡LAUS DEO TRINITARIO! ¡VIVA EL DESCUBRIMIENTO DE LAS INDIAS! Gspp*